Ana Lilia Rodríguez Olvera.material resguardado bajo derechos de autor y publicado con licencia de la autora.
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sábado, 18 de febrero de 2012
Drogas: Un balance a un siglo de su prohibición
Ana Lilia Rodríguez Olvera.material resguardado bajo derechos de autor y publicado con licencia de la autora.
miércoles, 8 de febrero de 2012
LA PROTESTA
Es en verdad un libro enriquecedor y hasta cierto punto complicado, cómo entender que en medio de la violencia, la tortura, las historias de pueblos destrozados, se pueda tener como punto de partida el amor y la compasión. En fin, les comparto un texto, que no tiene más objetivo que la expresión misma de la profunda tristeza que me da escuchar, leer, ver, y vivir las noticias de a diario. Hace unos años, esas noticias les sucedían a personas que parecían alejadas de la realidad, hoy, nos suceden a todos, alguien que conocemos, nuestras familias, o en carne propia hemos vivido la violencia y el crimen, robos, secuestros, asesinatos. Hoy no me quedo callada... por favor no nos quedemos callados.
LA PROTESTA
I
No queríamos su guerra
Queríamos paz, alegría,
Tuvimos muertes perdidas al viento
Trastocaron nuestra vida, nos vulneraron
Nupcias mortales iniciaron y no han parado.
Les hablamos a los “altos”, no escucharon
A nuestros atentos oídos llegó violento
El silencio espurio de que nada explica
No queríamos su guerra.
Se murieron muchos que amaban
Y a cambio viven aquellos
Que a hierro matan.
Se robaron el trabajo, el esfuerzo
La dignidad, la DIGNIDAD, todo.
¿Qué les hicimos?¿Qué derecho tienen?
¿Por qué no alzamos la voz y decimos basta?
El miedo se apropió de nosotros,
Y ponemos seguridad y rejas en casa,
Frágil refugio ante un omnipotente sistema.
¿Seremos la tuerca que gira la rueda,
Y otra vuelta de tuerca,
Y otra, y otra?
Dejemos de ser marchitos y tullidos
Emprendamos acciones en la vida diaria,
No sirve lanzar bombas molotov a tanques blindados.
Demos la mano a un niño, miremos el cielo,
¿Por qué tenemos que ser parte de su juego?
Cuidemos del otro, del que nos acompaña
Y de aquel que se integró al camino.
Cuidemos de nosotros, y de las flores,
Y de esta Madre Tierra, que se desploma,
Y de los hijos que son presente y no futuro,
Y de las manos que trabajan honradamente.
Cuidemos de nosotros, y de nuestras voces,
Que no nos calle el gigante,
Que no atormente más nuestros ojos,
Nosotros no queríamos su guerra.
miércoles, 26 de octubre de 2011
Carta I

Y estabas ahí, frente a mi calma de mundo, tus ojos que recorrían mis sueños, tus ojos espejismos de una infancia no vivida, tus ojos con el gesto más dulce que le he visto a las rosas y tus manos severas y desesperadas buscando llegar al útero, regresar al útero, pero no el original sino el mío. Despertaste y se te trabó el mundo nuevamente y te sentiste rendido y atado de brazos y de pensamientos.
No lo soportas, lo sé, porque te veo, no soportas el ruido acelerado y sin sentido de la gente, no soportas las alas rotas ni los callados ecos de la opresión. No soportas los ríos lúgubres de las cosas, el enorme hormigueo en que vivimos, y sin embargo sigues aquí, a mi lado o dentro de mí, esperando que yo deje de soportar para partir juntos.
Un día partiremos juntos, nos perderemos en los caminos, nos cobijaremos de la luna, nos llenaremos de mar, un día que puede ser hoy o en cien años, tu sabes cómo bromea el tiempo; iremos al nirvana, caminaremos, danzaremos, buscarás una y otra vez regresar al útero, el mío, donde nada ni nadie intentará ser de plástico, donde nada ni nadie acometerá contra tus ojos tiernos, contra tus manos seguras, contra mi vientre, contra tus pasos cortos y eternos, contra mis ríos, contra nosotros.
Y a veces me sometes por creer que pienso en otras bocas. Cómo podría pensar en otra boca, si la tuya es vida, pueblo, mar, sustento. Cómo pensar en otro cuerpo, si el tuyo es hogar, paz, cielo, viento. Cómo en otras miradas si la tuya es origen, explosión, fuego. Cómo en otra vida, si tu eres la mía.
Cuando tus miradas, tan vírgenes como el fuego hirviendo, se cruzaron en mi camino, que no tenía trazo, me desplomé, sólo entonces me conocí y me curé, ¿de qué?, no lo sé a bien, me curé del mundo, de las convenciones, de las rebeldías sin causa, de la soledad, de mi misma. Y a veces me preguntas si te cambiaría, si pudiera yo estar con otro: cuando te conocí a ti conocí a todos los hombres del mundo y todos se murieron, a todos los maté, de todos me curé.
Renacer en un viejo mundo y sentirme contigo nuevamente con las alas abiertas al cenit. Tú y yo no cumplimos un año o diez meses, no tenemos que cumplir. Cumplen los que pagan una condena, los que deben un pago. Tú y yo compartimos, nos fusionamos, tú y yo no somos tú y yo, somos un ave en espera de su partida, somos una montaña que no atina a saber porqué creció en medio de la nada o porqué crecieron en ella ciudades y la destruyeron, somos uno o una, somos… no sé que somos, pero nunca somos tu y yo, porque nos somos dos seres disociados. Nacimos de distintos úteros y crecimos en distintos mundos, pero partimos de la misma esencia. Me convenzo de ello día a día, minuto a minuto, porque cuando no estas a mi lado mordiendo mi brazo o jugando con mi pecho o respirando o mirando o sonriendo, cuando no estás conmigo mi ser está incompleto, mis enfados crecen, mis ojos se secan, mis manos se hacen de hielo, y mis piernas de plomo. Cuando no estás conmigo muero.
Ana Lilia Rodríguez Olvera.material resguardado bajo derechos de autor y publicado con licencia de la autora.
viernes, 20 de mayo de 2011
la silla
La silla estaba pesada e
n la silla estabas tú, en la casa, y ahora que no eres material puedes conocer todo lo que no conociste en vida, y ahora que no eres material sabrás cuánto pesan las alas de las aves y cuándo rompen el viento, que eres tú. Sabrás cuantos ríos se llenan
con lágrimas, y cuántas bendiciones se rompen en la desolación. La silla estaba pesada porque llegaste a esta casa que ahora te pertenece. Que ahora te anhela cada mañana. Nos acompañas en el desayuno? ¿te tomas un cafecito con azúcar de tus ojos? Ven cuando gustes, ven cuando puedas, ven con nosotros que nosotros ya vamos contigo.
Ana Lilia Rodríguez Olvera.material resguardado bajo derechos de autor y publicado con licencia de la autora.
martes, 10 de mayo de 2011
Marcha por la PAZ
Con el corazón en el pecho llegué al monumento a la Revolución, ansiosa por unirme a la marcha. Un mitín del PRI empobrecía los ánimos revolucionarios, los ánimos justicieros. Me acerqué a un señor y le pregunté por qué estaba ahí, -pus ellos nos han apoyado- me dijo. Era comerciante del metro, disfrutaba de la música cuidadosamente escogida para entretenerlos, mientras en otro punto de la ciudad se gestaba una mega marcha.
Muchos me decían: -¿Para qué vas?¿qué ganas?¿Cuál va a ser la diferencia?- ellos no saben que un muerto es más que una cifra, de hecho ese fue el lema de mi pancarta, no saben que cada uno de los desaparecidos en este país tiene un nombre, una vida perdida, tiene una familia a la que ha dejado desolada, a la que ha dejado abatida.
Justo un día antes de la marcha, leía un libro de Osho, en él decía que aquellas personas que han muerto por vía violenta, aquellas personas que murieron bajo un yugo de injusticia, eran vidas catalizadoras, sus vidas, o más bien sus muertes no son en vano, son muertes que desencadenan cosas grandes, cosas bellas. Y eso creo yo, eso es lo que nos queda creer a quienes hemos sufrido por un adiós inesperado.
Yo no buscaba más que sanación al unirme a la marcha. Yo no buscaba, aunque es lo que más deseo, que algún poderoso de buenas a primeras diera certezas sobre estas muertes. Fui a la marcha y tuve mucho más que un elemento catártico en mi luto. Fue mucho más que marchar en silencio, con gafas oscuras para que nadie viera mi debilidad, con los brazos muy en alto y una foto de mi viejo, porque él estaba ahí, él como muchos de los desaparecidos se sumaron a nuestros pasos, se unieron al silencio, a la indignación.
Al final la marcha me sirvió para calmar un poco los gritos internos, un poco los ríos que aún se desbordan, al final no me quedé sin hacer nada, no me quejé de la porquería de vida que llevamos los mexicanos, de la inseguridad, al final no me crucé de brazos, sino que los alcé, fui militante de la paz y lo soy ahora.
Al final lo hice por ti, papi, viejo, lo hice porque sé de injusticia y espero que nunca nadie sienta ese dolor que recorre nuestros cuerpos (los de la familia), porque ese dolor es la muerte misma.
Ana Lilia Rodríguez Olvera.material resguardado bajo derechos de autor y publicado con licencia de la autora.